La Búsqueda

Un relato de Iñaki Ateca Sanchez, galardonado con el I premio del certamen Aste Nagusia 2013

Las aguas, al retirarse, dejaron en las calles de Bilbao montañas de basura y lodo que llegaban casi a la primera planta de los edificios. La gente, aún asustada, caminaba sin rumbo en torno al Casco Viejo sin dar crédito al desastre que ahora reinaba donde el día anterior la fiesta lo inundaba todo. Cientos de bilbaínos deambulaban como almas en pena guiados por el triste afán de ser testigos mudos de algo que, a buen seguro, la ciudad no olvidaría en mucho tiempo.
Él, como uno más, daba tumbos recorriendo sin descanso los escenarios de la tragedia en una búsqueda tan desesperada como infructuosa. Intentó dar con los lugares donde habían estado la noche anterior, pero solo obtuvo imágenes irreconocibles de destrucción y tristeza. Buscaba en cada rostro de cada transeúnte y en cada bocacalle desbordada de inmundicias la imagen que su memoria guardaba de ella, pero su desazón aumentaba en cada intento baldío. Consiguió llegar hasta la Plaza del Arriaga, donde la noche del jueves los ritmos latinos de la Orquesta Platería hacían bailar al personal bajo la lluvia, y vio que el kiosco que horas antes refulgía al compás de Pedro Navajas se había convertido en un amasijo de hierros que yacía en medio de un mar de barro.
Aun así, logró revivirla en su recuerdo: la vio de pie, a escasos dos metros del lateral de mecanotubo, con su camisa y su falda de mahón, encerrada en una jaula de lluvia bajo su paraguas rojo desde la que contemplaba entre ausente y divertida cómo bailaban sus amigas totalmente empapadas. Recordó su mirada, que le pareció serena e inteligente, y su estar calmado con un leve movimiento rítmico de la puntera del pie derecho como único indicio de lo que podría estar bullendo en su interior.
No sabría explicar ahora cómo había superado su natural timidez para dirigirse a ella, ni lo que le había dicho, ni cómo la había convencido para que acabara bailando con él una versión de Amapola que habría hecho las delicias de su mismísima abuela. Tampoco, si alguien le hubiera preguntado, habría sabido decir cómo se habían despistado de sus respectivas cuadrillas para perderse juntos en las fiestas. «Las fiestas», ahora se repetía esas palabras y le resultaban extrañas, «vamos a las fiestas», ¿a cuántas fiestas? ¿A la tuya? ¿A la mía? ¿No es acaso todo una sola fiesta? Aquella noche lo había sido para ellos, para él y para ella. Una fiesta, la fiesta de la que, sin embargo, tras irse de la verbena, no recordaba lugares, ni canciones, ni txosnas, ni bares, ni amigos. Solo ojos verdes y labios rojos y sonrisas blancas y pelo sedoso castaño y más sonrisas blancas y cintura traviesa y mejillas sonrosadas y risas de frescura y otra vez labios rojos y… lluvia, mucha lluvia vertiendo agua por el pelo sedoso castaño, por los labios rojos, por la sonrisa blanca, por las mejillas sonrosadas, por los besos de fresa. Agua separando dos aceras, separando dos latidos. ¿Por qué se habían separado en aquella calle? ¿Por qué tenían que ir por aceras distintas? ¿Por qué llegó de pronto el agua en tromba que no le dejó volver a cruzar? «No puedo pasar, quedamos en Brigadas», le dijo él. «Vale, allí te veo», le dijo ella perdiéndose por una calle que aún era transitable. Pero él nunca llegó a Brigadas porque el agua de la riada aumentó rápidamente en cantidad y en fuerza y solo una oportuna señal de tráfico impidió que le arrastrara en aquel momento.
Y ahora vagaba vacío sin más recuerdos que aquellos que le guiaban en su desesperación. Continuó su recorrido desbocado: cruzó el Arenal, bajó a la orilla de la ría y rebuscó entre los restos metálicos de las txosnas, se aventuró por las Siete Calles trepando por los montones de hierros y maderas, escarbando en ellos con sus manos desnudas, olfateando para localizar su fragancia entre el hedor del desconsuelo. No dejó rincón sin revisar; anduvo entre troncos, tablones, farolas, colchones, camas, mesas, sillas, maniquíes rotos y hasta husmeó dentro de coches arrastrados a tres metros de altura sobre el suelo. Nada.
Quiso preguntar pero no encontró a quién. Intentaba dirigirse a siluetas difusas que desaparecían fugaces por el cantón más próximo o cruzaban inopinadamente de acera como si evitaran tener que darle la mala nueva que él no quería escuchar. Y así hasta que perdió la noción de sí mismo y del espacio y del tiempo y no sabía si estaba despierto o si dormía, si corría o si estaba quieto, si soñaba o si estaba vivo.
Y quizá por eso, ni siquiera se asombró cuando, al doblar una esquina, los escombros ya no estaban y las calles se llenaban otra vez de gente que disfrutaba con alborozo. Los niños iban felices de la mano de sus padres que luego les cogían en el brazo para enseñarles a Marijaia y a Gargantúa. Las cuadrillas de amigos reían y se gastaban bromas y entraban y salían de los bares o bajaban a las txosnas que aparecían de nuevo ruidosas y erguidas dando la espalda a la ría en su mismo borde. Todo estaba limpio, sin rastro de barro, y le asaltó de pronto el pudor de que pudieran descubrirle sucio y desaliñado tras el tiempo que quizá llevara vagando sin sentido por la ciudad.
Pero enseguida el pudor se vio tapado por la culpabilidad de haberla olvidado unos instantes. Y corrió otra vez por todas partes, impulsado de repente por fuerzas con las que no contaba, esquivando al gentío que se dirigía constante hacia un mismo punto en la noche ya cerrada. Volvió a buscar por los rincones y a olfatear el aire y a escrutar cada par de ojos que se cruzaba en su camino. Y siguió haciéndolo mientras los fuegos artificiales iluminaban la oscuridad que habían dejado las farolas al apagarse. La gente se había quedado quieta pero él seguía con su peregrinar incesante y enfermizo colándose por resquicios imposibles entre los cuerpos ensamblados que miraban fijamente al cielo.
Cuando las farolas volvieron a lucir, miró a su alrededor y, al principio, no reconoció el lugar. Luego, con una inesperada calma, lo volvió a observar y comenzó a comprender. Estaba cambiado pero era el mismo edificio; había desaparecido la galería que sobresalía del primer piso y la fachada tenía un color y una luz que él no recordaba pero era allí, no había duda, aquello era el Teatro Arriaga. Casi hasta pudo identificar el punto exacto donde él y ella se habían abrazado al ritmo con que la Platería interpretaba su versión de Amapola. La gente circulaba ahora a su alrededor ligera y despreocupada dándose unos a otros pequeños empujones pero sin llegar a tocarle en ningún momento. Y de pronto ocurrió: la multitud se abrió ante él formando un pasillo que luego se transformó en círculo perfecto y justo al otro lado estaba ella. No era exactamente como él la guardaba en su memoria pero era ella, sin duda. Tenía el peinado diferente, la cara más rellena y su figura algo cambiada, pero allí seguían los ojos verdes y los labios rojos y la sonrisa blanca y el pelo sedoso castaño y las mejillas sonrosadas. Intentó llamarla pero su garganta no emitió sonido alguno. Quiso correr hacia ella pero no pudo moverse. Los ojos de ella apuntaban directos hacia él pero era como si no lo vieran; como si su mirada le traspasara perdiéndose en el infinito. Él le hizo gestos ostensibles subiendo y bajando sus brazos lo más deprisa que podía hasta que, por fin, un breve destello en los ojos de ella le invitó a pensar que le había visto e incluso percibió que había empezado a levantar la mano en ademán de saludo antes de que el hombre que, al parecer, la acompañaba le pasara el brazo por sus hombros y se la llevara en otra dirección cerrándose el círculo tras ellos de forma irremediable.
Y fue entonces, solo entonces, cuando la realidad vino a salvarlo para hacerle comprender que habían pasado muchos años, quizá treinta, desde la verbena de la Platería. Y fue entonces, solo entonces, cuando su espíritu encontró la paz necesaria para difuminarse plácidamente en el aire del botxo y derramarse después sobre la ciudad en un sereno sirimiri.

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1 Comentario

  1. Conmovedor relato.

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