Fran Lasuen entrevistado por Lola López de Lacalle

El hombre que está sentado frente a mí es muchas cosas a la vez. Sus ademanes pausados retratan a una persona tranquila, sin embargo, su vehemencia al hablar y la intensidad de su mirada, le delatan como un ser apasionado. Gran conversador y  amante del silencio. Cordial y enigmático a la vez. Entre sus trabajos encontramos varias performances que han fusionado la tecnología más actual, con formas de expresión tradicionales. Un hombre que se define criollo por convicción y dice huir como de la peste de cualquier forma de purismo.
Sus cejas describen un arco perfecto cuando interroga con la mirada. Enciende un cigarrillo, lo saborea en silencio, hasta que un gesto de ansiedad, casi imperceptible en su mirada, me hace pensar que miles de ideas le asaltan:
“Soy de los que piensan que las artes son una sola cosa”.

Quizá por eso él ha tocado muchas de sus caras: Músico, compositor, actor… integrante de grupos musicales legendarios, como Txatanuga Futz Band, o Oskorri, es además autor de “Bilbao, Bilbao” y de “La Palanca gran Cabaret”, primeros musicales del teatro vasco.

Fran Lasuen nació en Eibar en 1959. Años después, tras haber estudiado filosofía e historia y tener un puesto fijo en la enseñanza, decide abandonarlo todo y dedicarse a la música.
“Mi padre, un hombre con una gran cultura musical, educado en la escuela francesa, nos transmitió a mi hermano y a mí el amor por la música. Con seis años ingresé en la Academia de la Banda Municipal de Eibar. La disciplina era muy dura y la pedagogía dejaba mucho que desear, así que un tiempo después lo dejé. Gracias a que no me obligaron a continuar, pude reencontrarme años después con el aprendizaje musical”.
“Empecé con la guitarra, seguí después con los instrumentos tradicionales vascos, como la alboka. Me desplazaba de Eibar a Arratia, al caserío de León Bilbao, una escuela fantástica para mí. Era ya un adolescente cuando me interesé por el violín. Autodidacta al principio, recibí después clases de violinistas de nivel. Toqué también el trombón de varas. Me gusta la percusión y los pequeños instrumentos de cuerda como el cavaquiño. Los instrumentos musicales son juguetes mágicos para mí”.

A mediados de los 70, con 17 años, montó Izukaitz, un grupo que hacían música de “raíces”.Grabaron dos discos y cuando estaban a punto de grabar el tercero se separaron. Desde 1981 hasta 1993 formó parte de Oskorri.
“Con Oskorri, crucé varias veces el telón de acero, viajé por Europa y España, algo alucinante para un chaval de 22 años”
Doce años después dejó Oskorri muy cansado. No volvió a subir a un escenario hasta 1996.

Su vida profesional y su querencia personal están ligadas desde hace muchos años al mundo del teatro. Primero con Cómicos de la Legua y cuando este grupo se escindió con los dos que surgieron: Karraka y Mascarada.
“Empecé haciendo bandas sonoras para teatro por encargo. El primer contacto con este mundo, lo tuve a finales de los 70 y me envenenaron bien. Tuve también una fantástica experiencia con Tanttaka, que me ofreció formar parte del elenco de actores con “La mano del emigrante” de Manuel Rivas y desde hace varios años colaboro estrechamente con varias compañías de teatro. Me apasiona trabajar con el autor del texto, el director, los responsables de escenografía… Para mí, son momentos grandiosos”
.
Además de compaginar su trabajo en grupos musicales, con la música para teatro y cine, documentales y series de TV., ha producido a otra gente y ha hecho incursiones, tanto en la música clásica como en el cabaret.
“Me divierte darle a diferentes palos. También he escrito guiones. Me gusta escribir, he compuesto canciones para otros y tengo por ahí, un par de textos de teatro”.
Su tono de voz adquiere un aire más intimista y por un momento tengo la sensación de que se ha olvidado de mi presencia y se halla en pleno proceso reflexivo:
“La forma de componer es distinta si lo hago para mí o por encargo. Cuando es para mí, me sumerjo en una introspección íntima que puede resultar tortuosa o feliz. Si el tema es instrumental trabajo mucho por sensaciones. Otra cosa es musicar un texto. Necesito tenerlo delante, porque es lo que va a marcar el ritmo. Cada texto tiene un ritmo de decir. Cuando voy a contar algo soy un narrador. Me siento como un contador de historias de la plaza Yamaa el Fna de Marrakech, un fadista lisboeta, o un marionetista indio”

Satisfecho por los derroteros en que discurre su vida profesional, nos habla del momento actual:“Estoy medio en un “fregado” con José Luis Canal, un fantástico pianista. Él al piano y yo al violín y  la voz. Tendremos disco en el mercado a finales de año.

Dejamos aquí una charla que podría prolongarse durante horas. Observo su porte al despedirnos, su hablar pausado y vehemente, su mirada tranquila y curiosa a la vez. Esa capacidad de escucha que posee y lo imagino sentado en un café lisboeta impregnándose de aromas, sonidos y sensaciones que nos trasmitirá después en alguna de sus letras o melodías.
Un placer charlar contigo Fran Lasuen.

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