MADAME PERCALES

    La veo llegar desde la puerta de La Granja, agitando su mano con energía. Nati Ortiz de Zárate es así de impetuosa, una mujer polifacética, que se atreve con todo. Ella lo justifica con sus comienzos en el teatro, allá en los años ochenta como parte del equipo fundador del  kolektibo Karraka, junto a Ramón Barea entre otros. “En esa época recorríamos los pueblos en una furgoneta, y todos teníamos que colaborar. Es lo que tiene el teatro independiente. Lo mismo tocaba conducir, escribir unas líneas, hacer arreglos de sonido o coger los bajos del vestido”, nos explica Nati. A ella se le daba bien esa tarea, y allí comenzó a cogerle el gusto al que se convirtió en su actual oficio: sastra. “Realicé muchos encargos, entre ellos, para el grupo kukubiltxo, para los actores de la mayoría de sus espectáculos y vestí un montón de gigantes y marionetas contruídos por ellos. Después me marché a Madrid, para realizar los estudios a nivel profesional”.

Con gesto pensativo, va hilvanando secuencias de su vida, como si fueran patrones de uno de sus trajes, hasta que unidos, configuran esa trayectoria en diferentes campos. Una carrera siempre unida a su Bilbao natal, en el que profundiza y se sumerge para desentrañar los secretos más escondidos. La mayoría de las obras representadas estaban ligadas a la ciudad. Entre ellas, nos habla con mucha pasión de La Palanca Gran Cabaret y de su papel de Madame.  “Yo era muy joven y me faltaba madurez para interpretar a un personaje como La Percales”, nos aclara con añoranza. Pero le sobraba desparpajo para enamorar a una crítica, que así se lo reconoció. “La rubia Madame Percales nos ha enamorado en el recorrido por Bilbao, desde los primeros años de mil novecientos” recuerda Nati con orgullo. Hubo muchas más obras, “En 1984 estrenamos el Bilbao Bilbao en colaboración con La Otxoa, en el desaparecido cine Albéniz. Y 25 años después, en el 2009, lo repusimos en el teatro  Arriaga.

Allí es donde Nati pasa largas horas de trabajo, lejos de las luces de los focos. Donde despliega la magia de un oficio, como muchos otros en horas bajas. Es la encargada de vestuario, y de esos simples pero imprescindibles cometidos. Como ayudar al actor, en los rápidos cambios de ropa, mientras el espectador desde el asiento, se pregunta cómo lo ha conseguido. Habla de una labor en conjunto, “los detalles hacen o no creíble al personaje. A una buena actuación, hay que sumarle la iluminación, el sonido, la ropa… A veces un pequeño complemento es suficiente. Yo no tiro nada, tengo el taller abarrotado, todo se recicla”, expresa a su manera, sin parar de gesticular o de contonearse en el asiento. Hasta el punto de que puedo oír el eco de esas campanitas cosidas en un pantalón, o el siseo de la tela del vestido en movimiento.

Con esa intensidad se mete a la perfección en la piel de una cubana en la serie de Goenkale de ETB 1. “Me identifico con este personaje, porque tiene un recorrido. Celia es temperamental, derrocha simpatía y alegría, pero también llora, con sensibilidad”, nos recuerda, al hablar de este regreso especial, tras diez años de ausencia.

    Así es su vida y su trabajo, de idas y venidas, sin ataduras, pero sin renunciar a nada. Ahora mismo el teatro no es una prioridad, aunque siempre está  abierta a todas las posibilidades. Y no solo a nivel laboral,  por algo fue elegida Zarambolas 2008, es decir, ese personaje al que nada le afecta. Su lema: “Carpe Diem”. “Soporté un duro juicio en el que tuve que defender mi bilbainismo”.

Vive con avidez cada acto. Le encanta disfrazar a los demás. Y gracias a esa habilidad, el resto se deja hacer. Des esta manera convirtió a los “serios” chicos del café Bilbao, en patitos del parque de Doña Casilda, con los tutús, parodiando el Lago de los Cisnes. “No vale con ponerse el disfraz solamente, además hay que defenderlo”, nos confiesa como si reviviera ese dulce momento. Cuando nos despedimos, ya tiene un montón de ideas en la cabeza para próximos eventos.

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